ELLOS…

Y solo ellos.

Ahora que ya he empezado una gran etapa, otra, de mi vida, me doy cuenta de cuanto ha quedado por el camino.

Tengo cientos, no creo que miles, de historias que derretirían a mis congéneres más melosas. En mis años he tenido de todo, bueno, malo y regular. Y siempre pienso que me encanta lo que tengo porque lo sé apreciar. No me arrepiento de las malas decisiones, de las locuras y las pasiones que se quedaron a medias. He podido sentir y solo espero seguir sintiendo más.

Y muchas veces pienso en por qué no sentiré más rencor, por qué no tengo el recuerdo lejano de las agonías y las noches en vela. Creo que es porque lo recuerdo como las experiencias de vida que me hicieron ser feliz en la distancia. Ahora recuerdo aquello como parte de la vida que hay que vivir para poder se feliz, para aprender y seguir. Son los devaneos y titubeos de los que aprendemos con el tiempo.

Sí, me hicieron daño y sufrí, como todos, ¿Quién no ha llorado a oscuras en la noche por ellos?

Pero aprendes. Todas las cicatrices son las marcas que me dicen que he vivido, que he sentido y que sobreviví.

Además, recuerdo con orgullo haber sobrellevado situaciones difíciles en las que otras se agarran con uñas y dientes. ¿Por que no huir de lo que queremos huir? ¿Y para qué guardar rencor?.

Hace poco me preguntaron por qué soy así, por qué soy capaz de olvidar y seguir, por qué soy capaz de perdonar y asumir que las cosas son así y seguir. Creo que ninguno de ellos sabía mejor que yo lo que hacía. No eran más listos que yo, ni yo más listos que ellos.

Lo mejor, saber cuando dejar de llorar y seguir viviendo. A muchos de ellos todavía hoy les quiero, de otra forma a la que entendemos. Son amigos y son aliados.

Con uno me he casado.

 

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